Primera lectura: Sof 3,14-18a
¡Da gritos de alegría, Sión,
exulta de júbilo, Israel,
alégrate de todo corazón, Jerusalén!
El Señor ha anulado la sentencia
que pesaba sobre ti,
ha barrido a tus enemigos;
el Señor es rey de Israel en medio de ti,
no tendrás que temer ya ningún mal.
Aquel día dirán a Jerusalén:
«No tengas miedo, Sión,
que tus brazos no flaqueen;
el Señor tu Dios en medio de ti,
es un salvador poderoso.
Dará saltos de alegría por ti,
su amor te renovará,
por tu causa danzará y se regocijará,
como en los días de fiesta».
Salmo responsorial: Sal 32,2-3.11-12.20-21
Dad gracias al Señor con el arpa,
tocad para él la lira de diez cuerdas;
cantadle un cántico nuevo,
esmeraos en la música y los vítores.
Pero el plan del Señor se mantiene siempre,
los proyectos de su mente, por todos los siglos.
Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que se escogió como heredad.
Nosotros esperamos en el Señor,
él es nuestro socorro y nuestro escudo;
él es la alegría de nuestro corazón,
en su santo nombre confiamos.
Evangelio: Lc 1,39-45
Por aquellos días, María se puso en camino y fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá. Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño empezó a dar saltos en su seno. Entonces Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó a grandes voces:
-Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. Pero ¿cómo es posible que la madre de mi Señor venga a visitarme? Porque en cuanto oí tu saludo, el niño empezó a dar saltos de alegría en mi seno. ¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.