Primera lectura: Gn 49,28-32; 50,15-26a

Estas son las doce tribus de Israel y esto lo que les dijo su padre cuando los bendijo, a cada uno con su propia bendición.
Después les dio estas instrucciones:
-Yo estoy a punto de reunirme con los míos; sepultadme junto a mis padres en la cueva que está en el campo de Efrón, el hitita, en la cueva de Macpelá, frente a Mambré, en la tierra de Canaán, la que compró Abrahán al hitita Efrón como sepulcro en propiedad. Allí fueron sepultados Abrahán y su mujer Sara; allí Isaac y su mujer Rebeca; allí también sepulté yo a Lía. El campo y su cueva los compró Abrahán a los hititas.
Al ver los hermanos de José que su padre había muerto se decían: «Quizá aho-ra José empiece a odiarnos y nos devuelva con creces todo el mal que le hicimos». Por eso mandaron a decir a José:
-Tu padre ordenó esto antes de morir: Decid a José que perdone el delito y el pecado de sus hermanos, el daño que le hicieron. Así que, por favor, perdona el delito de los siervos del Dios de tu padre.
José, al oírlos, se echó a llorar. Después sus mismos hermanos vinieron a postrarse ante él y le dijeron:
-Aquí nos tienes, somos tus esclavos.
Pero José les dijo:
-No temáis, ¿puedo ponerme yo en lugar de Dios? Ciertamente vosotros os portasteis mal conmigo, pero Dios lo cambió en bien, para hacer lo que hoy estamos viendo: para dar vida a un gran pueblo. Así que no temáis; yo cuidaré de vosotros y de vuestros hijos.
Así los consoló hablándoles al corazón.
José siguió viviendo en Egipto con la familia de su padre; vivió ciento diez años. Vio a los hijos de Efraín hasta la tercera generación. También recibió sobre sus rodillas, al nacer, a los hijos de Maquir, hijo de Manasés. Luego dijo a sus hermanos:
-Yo estoy a punto de morir, pero Dios vendrá a buscaros y os llevará de este país a la tierra que prometió a Abrahán, Isaac y Jacob.
Y José hizo jurar a los hijos de Israel así: «Cuando Dios venga a buscaros, os llevaréis de aquí mis huesos».
José murió a los ciento diez años.

Salmo responsorial: Sal 104,1-7

Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
publicad entre los pueblos sus proezas,
cantadle, tocad para él, proclamad sus maravillas,
sentíos orgullosos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad su rostro sin descanso,
recordad las maravillas que hizo,
sus portentos y sus justas decisiones.
Linaje de Abrahán, su siervo,
hijos de Jacob, su elegido:
el Señor es nuestro Dios,
a toda la tierra alcanzan sus decretos.

Evangelio: Mt 10,24-33

El discípulo no es más que su maestro; ni el siervo más que su señor. Basta con que el discípulo sea como su maestro, y el siervo como su señor. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebú, ¡más aún a los de su familia!
Así pues, no les tengáis miedo; porque no hay nada oculto que no haya de manifestarse, nada secreto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo a la luz; lo que escucháis al oído, proclamadlo desde las azoteas.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden quitar la vida; temed más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno.
¿No se vende un par de pájaros por muy poco dinero? Y sin embargo ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. No temáis, vosotros valéis más que todos los pájaros.
Si alguno se declara a mi favor delante de los hombres, yo también me declararé a su favor delante de mi Padre celestial; pero a quien me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre celestial.