Primera lectura: Dt 11,18.26-28

Grabad en vuestro corazón y en vuestra
alma estas palabras, atadlas como signo
a vuestras muñecas, ponedlas como señal
en vuestra frente.
Mirad, hoy pongo delante de vosotros
bendición y maldición. Bendición,
si escucháis los mandamientos del Señor
vuestro Dios que yo os prescribo hoy.
Maldición, si no escucháis los mandamientos
del Señor vuestro Dios y os apartáis
del camino que hoy os señalo, siguiendo
a dioses extranjeros, que no conocéis.

Salmo responsorial: Sal 30,2-4.17.25

A ti, Señor, me acojo; no quede yo defraudado;
ponme a salvo, por tu fidelidad,
inclina tu oído hacia mí, apresúrate a librarme.
Sé para mí roca de cobijo y fortaleza protectora,
pues tú eres mi roca y mi fortaleza;
guíame y condúceme, por el honor de tu nombre.
Que tu rostro resplandezca sobre tu siervo,
¡sálvame, por tu amor!
¡Sed fuertes, cobrad ánimo los que esperáis en el Señor!

Segunda lectura: Rom 3,21-25a.28

Pero ahora, con independencia de la
ley, se ha manifestado la fuerza salvadora
de Dios, atestiguada por la ley y los profetas.
Fuerza salvadora de Dios que, por
medio de la fe en Jesucristo, alcanzará a
todos los que crean. Y no hay distinción:
todos pecaron y todos están privados de
la gloria de Dios; pero ahora Dios los
salva gratuitamente por su bondad en virtud
de la redención de Cristo Jesús, a
quien Dios ha hecho, mediante la fe en su
muerte, instrumento de perdón.
Pues estoy convencido de que el
hombre alcanza la salvación por la fe y no
por el cumplimiento de la ley.

Evangelio: Mt 7,21-27

No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán aquel
día:
–¡Señor, Señor! ¿No profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?
Pero yo les responderé:
–No os conozco de nada. ¡Apartaos de mí, malvados!
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, es como aquel hombre
sensato que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa; pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca. Sin embargo, el que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, es como aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, se abatieron sobre la casa, y ésta se derrumbó. Y su ruina fue grande.