Primera lectura: Ap 14,1-5
Miré de nuevo y vi que el Cordero estaba de pie sobre la montaña de Sión. Estaban con él los ciento cuarenta y cuatro mil que tenían su nombre y el nombre de su Padre escrito en la frente. Y oí una voz que venía del cielo, voz como de aguas caudalosas y el retumbar de un gran trueno. Sin embargo, la voz que oí era como el sonido de citaristas tocando sus cítaras. Cantaban un cántico nuevo ante el trono, ante los cuatro seres vivientes y ante los ancianos. Un cántico que nadie podía aprender, excepto aquellos ciento cuarenta y cuatro mil rescatados de la tierra. Estos son los que se mantuvieron incontaminados y no se prostituyeron con la idolatría, los que siguen al Cordero a todas partes, los rescatados de entre los hombres como primeros frutos para Dios y para el Cordero, los de labios sinceros y conducta irreprochable.
Salmo responsorial: Sal 23,1-6
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el mundo y todos sus habitantes,
pues él la estableció sobre los mares,
él la fundó sobre los ríos.
¿Quién subirá al monte del Señor?
¿Quién podrá estar en su recinto sagrado?
El hombre de manos puras y limpio corazón,
el que no da culto a los ídolos, ni jura en falso.
Este recibirá la bendición del Señor,
y Dios, su salvador, lo proclamará inocente.
Así es Jacob, la generación de los que buscan al Señor,
de aquellos que vienen a tu presencia.
Evangelio: Lc 21,1-4
Estaba Jesús viendo cómo los ricos depositaban sus ofrendas en las arcas del templo. Vio también a una viuda muy necesitada que echó allí dos monedas de poco valor. Y dijo:
-Les aseguro que esa viuda pobre ha echado más que todos los demás; porque ésos han echado de lo que les sobra, mientras que ella ha echado desde su pobreza todo lo que tenía para vivir.