Primera lectura: Heb 5,7-9

El mismo Cristo, que en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado en atención a su actitud reverente; y precisamente porque era Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. Llegado a la perfección se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, y ha sido proclamado por Dios sumo sacerdote a la manera de Melquisedec.

Salmo responsorial: Sal 30,2-6.15-20

En ti, Señor, me refugio; no quede yo defraudado;
líbrame por tu bondad,
hazme caso, date prisa en socorrerme.
Sé para mí roca de amparo y fortaleza protectora.
Tú eres mi roca y mi fortaleza:
guíame y condúceme por el honor de tu nombre.
Sácame de la red que me han tendido, pues tú eres mi auxilio.
A tus manos confío mi espíritu;
tú, Señor, el Dios fiel, me rescatarás.
Pero yo confío en ti, Señor; yo te digo: «¡Tú eres mi Dios!»
Mi destino está en tus manos,
líbrame de los enemigos que me persiguen.
Que tu rostro resplandezca sobre tu siervo,
¡sálvame, por tu amor!
Te he invocado, Señor, no quede yo defraudado;
que queden defraudados los malvados,
y se precipiten mudos al abismo.
Enmudezcan los labios mentirosos
que dicen insolencias contra el justo
con desprecio y con soberbia.
¡Qué grande es tu bondad, Señor!
Tú la reservas para los que te respetan,
y la ejerces en presencia de todos
con los que se refugian en ti.

Evangelio: Lc 2,33-35

Su padre y su madre estaban admirados de las cosas que se decían de él. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre:
-Mira, este niño hará que muchos caigan o se levanten en Israel. Será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón; así quedarán al descubierto las intenciones de muchos.