Primera lectura: Dt 30,10-14
Si escuchas la voz del Señor tu Dios, observando sus mandamientos y sus leyes escritas en este libro de la ley, si regresas al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma.
Pues el precepto que yo te prescribo hoy no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance. No está en el cielo para que digas: «¿Quién subirá al cielo para traerlo y nos lo enseñará para que lo pongamos en práctica?» Tampoco está más allá de los mares para que digas: «¿Quién pasará al otro lado de los mares para traerlo y nos lo enseñará para que lo pongamos en práctica?» Pues la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas.
Salmo responsorial: Sal 68,14.17.30-37
Pero yo dirijo mi oración a ti, Señor, en el tiempo propicio;
por tu inmenso amor respóndeme.
Respóndeme, Señor, pues tu amor es bondadoso;
por tu inmensa ternura no te alejes de mí,
Pero a mí, humilde y afligido,
que tu salvación, oh Dios, me restablezca.
Yo alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza dándole gracias;
esto agradará al Señor más que un toro,
más que un novillo con cuernos y pezuñas.
Véanlo ustedes, los humildes, y alégrense,
recobren el ánimo, los que buscan a Dios.
Porque el Señor escucha a los necesitados,
y no rechaza a sus cautivos.
¡Que lo alaben los cielos y la tierra, el mar y cuanto en él vive!
Dios salvará a Sión, reconstruirá las ciudades de Judá:
habitarán en ellas y las poseerán;
las heredará la descendencia de sus siervos,
los que aman su nombre vivirán en ellas.
Segunda lectura: Col 1,15-20
Cristo es la imagen del Dios invisible,
el primogénito de toda criatura,
porque en él fueron creadas
todas las cosas,
las del cielo y las de la tierra,
las visibles y las invisibles:
tronos, dominaciones,
poderes, potestades,
todo lo ha creado Dios por él y para él.
Cristo existe antes que todas las cosas
y todas tienen en él su consistencia.
El es también la cabeza del cuerpo,
que es la Iglesia.
El es el principio de todo,
el primogénito de los que
triunfan sobre la muerte,
y por eso tiene la primacía
sobre todas las cosas.
Dios, en efecto, tuvo a bien
hacer habitar en él toda la plenitud,
y por medio de él
reconciliar consigo todas las cosas,
tanto las de la tierra como las del cielo,
trayendo la paz por medio de su sangre
derramada en la cruz.
Evangelio: Lc 10,25-37
Se levantó entonces un experto en la ley y le dijo para tenderle una trampa:
-Maestro, ¿qué debo hacer para obtener la vida eterna?
Jesús le contestó:
-¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?
El maestro de la ley respondió:
-Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.
Jesús le dijo:
-Has respondido correctamente. Haz eso y vivirás.
Pero él, queriendo justificarse, preguntó a Jesús:
-¿Y quién es mi prójimo?
Jesús le respondió:
-Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos asaltantes que, después de despojarlo y golpearlo sin piedad, se alejaron dejándolo medio muerto. Un sacerdote bajaba casualmente por aquel camino y, al verlo, se desvió y pasó de largo. Igualmente un levita que pasó por aquel lugar, al verlo, se desvió y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, al llegar junto a él y verlo, sintió lástima. Se acercó y le vendó las heridas después de habérselas limpiado con aceite y vino; luego lo montó en su cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó unas monedas y se las dio al encargado, diciendo: «Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi regreso». ¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los asaltantes?
El otro contestó:
-El que tuvo compasión de él.
Jesús le dijo:
-Vete y haz tú lo mismo.