Primera lectura: Sab 11,32–12,2

Pues el mundo entero es ante ti
como un grano de arena en la balanza,
como una gota de rocío mañanero sobre la tierra.
Tú tienes compasión de todos porque todo lo puedes,
y pasas por alto los pecados de los hombres
para que se arrepientan.
Porque amas todo cuanto existe
y no desprecias nada de lo que hiciste;
si odiaras alguna cosa, no la habrías creado.
¿Cómo existiría algo si tú no lo quisieras?
¿Cómo permanecería si tú no lo hubieras creado?
Pero tú eres indulgente con todas las cosas,
porque todas son tuyas, Señor, amigo de la vida.
Pues tu soplo incorruptible está en todas las cosas.
Por eso corriges poco a poco a los que caen,
los reprendes y les recuerdas su pecado,
para que se aparten del mal y crean en ti, Señor.

Salmo responsorial: Sal 144,1-2.8-14

Te glorificaré, rey y Dios mío,
bendeciré tu nombre por siempre.
Todos los días te bendeciré,
alabaré tu nombre sin cesar.
El Señor es clemente y compasivo,
paciente y rico en amor.
El Señor es bondadoso con todos,
a todas sus obras se extiende su ternura.
Que tus obras te den gracias, Señor,
y tus fieles te bendigan;
que proclamen la gloria de tu reinado
y hablen de tus hazañas,
dando a conocer a los hombres tus hazañas,
la gloria y el esplendor de tu reinado.
Tu reinado es eterno,
tu gobierno permanece para siempre.
El Señor es fiel a todas sus palabras,
leal en todas sus acciones.
El Señor sostiene a todos los que caen
y levanta a los que desfallecen.

Segunda lectura: 2 Tes 1,11–2,2

Por eso oramos sin cesar por ustedes, para que nuestro Dios los haga dignos de su llamada y con su poder lleve a término todo buen propósito o acción inspirada por la fe. Así, el nombre de nuestro Señor Jesucristo será glorificado en ustedes, y ustedes en él, según la gracia de nuestro Dios y de Jesucristo, el Señor.
Sobre la venida de nuestro Señor Jesucristo y el momento de nuestra reunión con él, les rogamos, hermanos, que no se alarmen por revelaciones, rumores o una supuesta carta nuestra donde diga que el día del Señor es inminente.

Evangelio: Lc 19,1-10

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Había en ella un hombre llamado Zaqueo, jefe de los que recaudaban impuestos para Roma y rico; quería conocer a Jesús, pero como era bajo de estatura, no podía verlo a causa del gentío. Corriendo se adelantó y se subió a un árbol para verlo, porque iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó a aquel lugar, levantó los ojos y le dijo:
–Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa.
El bajó a toda prisa y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban y decían:
–Se ha hospedado en casa de un pecador.
Pero Zaqueo se puso en pie ante el Señor y le dijo:
–Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres y, si engañé a alguno, le devolveré cuatro veces más.
Jesús le dijo;
–Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.