Lectura
del día: 10 de Marzo de 2026
Entonces Azarías, de pie en medio del fuego, oró así:
Por tu nombre, te lo pedimos:
no nos abandones para siempre,
no rompas tu alianza,
no nos retires tu amor.
Por Abrahán, tu amigo,
por Isaac, tu siervo,
por Israel, tu consagrado,
a quienes prometiste
descendencia numerosa
como las estrellas del cielo,
como la arena de la orilla del mar.
A causa de nuestros pecados, Señor,
somos hoy el más insignificante
de todos los pueblos
y estamos humillados en toda la tierra.
No tenemos príncipes,
ni jefes, ni profetas;
estamos sin holocaustos, sin sacrificios,
sin poder hacerte ofrendas
ni quemar incienso en tu honor;
no tenemos un lugar
donde ofrecerte los primeros frutos
y poder así alcanzar tu favor.
Pero tenemos un corazón
contrito y humillado;
acéptalo como si fuera
un holocausto de carneros y toros,
de millares de los mejores corderos.
Que este sea hoy
nuestro sacrificio ante ti,
y que te sirvamos fielmente,
pues no quedarán defraudados
quienes confían en ti.
Ahora queremos seguirte
con todo el corazón,
queremos serte fieles y buscar tu rostro.
No nos defraudes, Señor;
trátanos conforme a tu ternura,
según la grandeza de tu amor.
Sálvanos con tu fuerza prodigiosa
y muestra la gloria de tu nombre.
Muéstrame, Señor, tus caminos, muéstrame tus sendas.
Guíame en tu verdad; enséñame,
pues tú eres el Dios que me salva: en ti espero todo el día.
Acuérdate, Señor, de que tu ternura y tu amor son eternos.
No recuerdes los pecados ni las maldades de mi juventud;
acuérdate de mí, por tu amor, por tu bondad, Señor.
El Señor es bueno y recto;
señala el camino a los pecadores,
guía por la senda del bien a los humildes,
les enseña su camino.
Entonces se acercó Pedro y le preguntó:
-Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando me ofenda? ¿Siete veces?
Jesús le respondió:
-No te digo siete veces, sino setenta veces siete. Porque con el reino de los cielos sucede lo que con aquel rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al comenzar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer y a sus hijos, y todo cuanto tenía, para pagar la deuda. El siervo se echó a sus pies suplicando: «¡Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo!». El señor tuvo compasión de aquel siervo, lo dejó libre y le perdonó la deuda. Nada más salir, aquel siervo encontró a un compañero suyo que le debía cien denarios; lo agarró y le apretaba el cuello, diciendo: «¡Paga lo que me debes!». El compañero se echó a sus pies, suplicándole: «¡Ten paciencia conmigo y te lo pagaré!». Pero él no quiso, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara la deuda. Al verlo sus compañeros se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor todo lo ocurrido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «Siervo miserable, yo te perdoné toda aquella deuda, porque me lo suplicaste. ¿No debías haberte compadecido de tu compañero como yo me compadecí de ti?». Entonces su señor, muy enojado, lo entregó para que lo castigaran hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con ustedes mi Padre celestial si no se perdonan de corazón unos a otros.
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