Lectura del día: 19 de Septiembre de 2025 




Primera Lectura : 1 Tim 6,3-12

Esto es lo que debes enseñar y aconsejar.
Si alguno enseña otra cosa y no se atiene a las saludables palabras de nuestro Señor Jesucristo y a las enseñanzas de la religión, es que está cegado por el orgullo y es un ignorante que sufre la enfermedad de promover discusiones y polémicas. De ahí surgen las envidias, los pleitos, las maledicencias, las suspicacias. De ahí, las discusiones interminables de hombres corrompidos y sin escrúpulos que ven en la religión un negocio.
La religión es ciertamente de gran provecho, cuando uno se contenta con lo necesario, pues nada hemos traído al mundo y nada podremos llevarnos de él. Hemos de contentarnos con tener alimento y vestido. Los que quieren enriquecerse caen en trampas y tentaciones, y se dejan dominar por muchos deseos insensatos y funestos, que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males; algunos, por codiciarlo, se han apartado de la fe y se han acarreado a sí mismos muchos sinsabores.
Pero tú, hombre de Dios, evita todo esto, practica la honradez, la religiosidad, la fe, el amor, la paciencia y la dulzura. Mantente firme en el noble combate de la fe, conquista la vida eterna para la cual has sido llamado y de la cual has hecho solemne profesión delante de muchos testigos.


Salmo : Sal 48,6-10.17-20

¿Por qué he de temer en los días aciagos,
cuando me rodean y acosan los malvados?
Ellos confían en su opulencia, alardean de sus riquezas;
pero nadie puede salvarse a sí mismo,
ni pagar a Dios rescate por su vida.
Es tan alto el precio por su vida, que jamás podrán pagarlo.
¿Acaso podrán librarse de la muerte y vivir perpetuamente?
No te inquietes cuando alguien se enriquece,
y aumenta el boato de su casa:
cuando muera no se llevará nada,
su boato no bajará con él.
Aunque mientras vivía se felicitaba diciéndose:
«Te aplauden porque te has enriquecido»,
irá a reunirse con sus antepasados
que nunca jamás verán la luz.


Evangelio : Lc 8,1-3

Después de esto, Jesús caminaba por pueblos y aldeas predicando y anunciando el reino de Dios. Iban con él los doce y algunas mujeres que había liberado de malos espíritus y curado de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que había expulsado siete demonios, Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes, Susana, y otras muchas que le asistían con sus bienes.


 
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