Lectura
del día: 3 de Septiembre de 2025
Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a los creyentes de Colosas, hermanos fieles en Cristo. Gracia y paz a vosotros de parte de Dios nuestro Padre.
Damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, y rogamos sin cesar por vosotros, al tener noticia de vuestra fe en Cristo Jesús y de vuestro amor para con todos los creyentes. Os mueve a ello la esperanza del premio que Dios os ha reservado en los cielos y que habéis conocido por medio del evangelio, palabra de verdad que ha llegado hasta vosotros y que fructifica y crece, tanto en vosotros como en el mundo entero, desde el día en que conocisteis y experimentasteis la gracia de Dios en toda su verdad. Así lo aprendisteis de nuestro querido compañero Epafras, que es para vosotros fiel servidor de Cristo. Ha sido también él quien nos ha informado de cómo os amáis en el Espíritu.
Pero yo, como un olivo verde en la casa de Dios,
confío en el amor de Dios para siempre jamás.
Te daré gracias siempre, porque has actuado,
y proclamaré ante tus fieles que tu nombre es magnífico.
Salió de la sinagoga y entró en casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre, y le rogaron que la curase. Entonces Jesús, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y la calentura desapareció. La mujer se levantó inmediatamente y se puso a servirlos.
Al ponerse el sol llevaron ante Jesús enfermos de todo tipo; y él, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba. Salían también de muchos los demonios gritando:
-Tú eres el Hijo de Dios.
Pero él los increpaba y no los dejaba ha-blar, porque sabían que él era el Mesías. Al hacerse de día, salió hacia un lugar solitario. La gente lo buscaba; y cuando lo encontraron, trataban de retenerlo para que no se alejara de ellos. El les dijo:
-También en las demás ciudades debo anunciar la buena noticia de Dios, porque para esto he sido enviado.
E iba predicando por las sinagogas de Judea.
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