Lectura
del día: 31 de Marzo de 2026
Escuchadme, habitantes de las islas;
atended, pueblos lejanos:
El Señor me llamó
desde el seno materno,
desde las entrañas de mi madre
pronunció mi nombre.
Convirtió mi boca en espada afilada,
me escondió al amparo de su mano;
me transformó en flecha aguda
y me guardó en su aljaba.
Me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel,
y estoy orgulloso de ti».
Aunque yo pensaba
que me había cansado en vano
y había gastado mis fuerzas para nada;
sin embargo, el Señor
defendía mi causa,
Dios guardaba mi recompensa.
Escuchad ahora lo que dice el Señor,
que ya en el vientre me formó
como siervo suyo,
para que le trajese a Jacob
y le congregase a Israel.
Yo soy valioso para el Señor,
y en Dios se halla mi fuerza.
El dice: «No sólo eres mi siervo
para restablecer las tribus de Jacob
y traer a los supervivientes de Israel,
sino que te convierto
en luz de las naciones
para que mi salvación llegue
hasta los confines de la tierra».
A ti, Señor, me acojo; no quede yo avergonzado para siempre.
Líbrame, rescátame tú, que eres fiel;
inclina tu oído hacia mí y sálvame.
Sé para mí una roca de refugio, una fortaleza donde me salve,
pues tú eres mi roca y mi fortaleza.
Dios mío, rescátame de las manos del malvado,
de las garras del perverso y del violento.
Porque tú eres mi esperanza, Señor,
en ti confío, Señor, desde mi juventud.
En ti me apoyaba desde antes de nacer,
tú eres mi fuerza desde las entrañas de mi madre;
siempre te he dirigido mi alabanza.
Mi boca pregonará todo el día tu fidelidad,
y tus actos salvadores, que son incontables.
Desde mi juventud, oh Dios, me has instruido,
y yo he proclamado tus maravillas hasta hoy.
Dicho esto, Jesús se sintió profundamente conmovido y exclamó:
-Os aseguro que uno de vosotros me va a traicionar.
Los discípulos comenzaron a mirarse unos a otros, preguntándose a quién podría referirse. Uno de ellos, el discípulo al que Jesús tanto quería, estaba recostado a la mesa sobre el pecho de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que le preguntase a quién se refería. El discípulo que estaba recostado sobre el pecho de Jesús le preguntó:
-Señor, ¿quién es?
Jesús le contestó:
-Aquel a quien yo dé el trozo de pan que voy a mojar en el plato.
Y mojándolo, se lo dio a Judas Iscariote, hijo de Simón.
Cuando Judas recibió aquel trozo de pan mojado, Satanás entró en él. Jesús le dijo:
-Lo que vas a hacer, hazlo cuanto antes.
Ninguno de los comensales entendió lo que Jesús había querido decir. Como Judas era el depositario de la bolsa común, algunos pensaron que le había encargado que comprara lo necesario para la fiesta o que diese algo a los pobres. Judas, después de recibir el trozo de pan mojado, salió inmediatamente. Era de noche.
Nada más salir Judas, dijo Jesús:
-Ahora va a manifestarse la gloria del Hijo del hombre, y Dios será glorificado en él. Y si Dios va a ser glorificado en el Hijo del hombre, también Dios lo glorificará a él. Y lo va a hacer muy pronto. Hijos míos, ya no estaré con vosotros por mucho tiempo. Me buscaréis, pero os digo lo mismo que ya dije a los judíos: «Adonde yo voy, vosotros no podéis venir».
Simón Pedro le preguntó:
-Señor, ¿adónde vas?
Jesús le contestó:
-Adonde yo voy, tú no puedes seguirme ahora; algún día lo harás.
Pedro insistió:
-Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Estoy dispuesto a dar mi vida por ti.
Jesús le dijo:
-¡De modo que estás dispuesto a dar tu vida por mí! Te aseguro, Pedro, que antes de que el gallo cante, me habrás negado tres veces.
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