Lectura
del día: 9 de Marzo de 2026
Naamán, general del ejército del rey de Siria, era un hombre muy considerado por su señor, porque por medio de él el Señor había dado la victoria a Siria. Este hombre, que era poderoso, tenía la lepra. En una de sus incursiones guerreras los sirios se llevaron de Israel a una jovencita, que fue destinada al servicio de la mujer de Naamán. Ella dijo a su señora:
-¡Ojalá mi señor fuese al profeta que hay en Samaría! El lo curaría de la lepra.
Naamán se lo fue a decir al rey:
-Esto y esto me ha dicho la muchacha de Israel.
El rey de Siria respondió:
-¡Bien! Ponte en camino, yo te daré una carta para el rey de Israel.
Naamán marchó llevando consigo trescientos cincuenta kilos de plata, seis mil monedas de oro y diez vestidos, y entregó al rey de Israel la carta en la que se decía: «Cuando recibas esta carta, verás que te envío a mi servidor Naamán, para que lo cures de la lepra».
Cuando leyó la carta, el rey de Israel rasgó sus vestiduras y exclamó:
-¿Acaso soy yo Dios, capaz de dar la muerte o la vida, para que éste me mande un hombre leproso para que lo cure? Fijaos y veréis que busca un pretexto contra mí.
Cuando Eliseo, el hombre de Dios, supo que el rey había rasgado sus vestiduras, envió a decirle:
-¿Por qué has hecho eso? Que venga a mí, y sabrá que hay un profeta en Israel.
Llegó Naamán con sus caballos y su carro, y se detuvo ante la puerta de la casa de Eliseo. Eliseo le dijo por medio de un mensajero:
-Anda, báñate siete veces en el Jordán, y tu carne quedará limpia.
Naamán, indignado, se marchó murmurando:
-Pensaba que saldría a recibirme, que invocaría el nombre del Señor, su Dios, me tocaría y así curaría mi lepra. ¿Acaso los ríos de Damasco, el Abana y el Farfar, no son mucho mejores que todas las aguas de Israel? ¿No podría yo bañarme en ellos y quedar limpio?
Y se fue indignado. Pero sus siervos le dijeron:
-Padre, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? Pues, ¿cuánto más habiéndote dicho: «Báñate y quedarás limpio»?
Entonces Naamán bajó al Jordán, se bañó siete veces, como había dicho el hombre de Dios, y su carne quedó limpia como la de un niño. Acto seguido, regresó con toda su comitiva adonde estaba el hombre de Dios, y, de pie ante él, dijo:
-Reconozco que no hay otro Dios en toda la tierra, fuera del Dios de Israel. Dígnate aceptar un regalo de tu siervo.
Como busca la cierva corrientes de agua,
así, Dios mío, te busca todo mi ser.
Tengo sed de Dios, del Dios vivo,
¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?
Envíame tu luz y tu verdad, que ellas me guíen,
y me lleven a tu santo monte, hasta tu morada.
Y me acercaré al altar de Dios, al Dios de mi alegría,
y te daré gracias con el arpa, Dios, Dios mío.
Y añadió:
-La verdad es que ningún profeta es bien acogido en su tierra. Os aseguro que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en la región de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel cuando el profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.
Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de indignación; se levantaron, lo echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que se asentaba su ciudad, con ánimo de despeñarlo. Pero él, abriéndose paso entre ellos, se marchó.
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