Lectura
del día: 28 de Enero de 2026
Pero aquella misma noche el Señor dirigió esta palabra a Natán:
?Ve a decir a mi siervo David: Esto dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que viva en ella? Yo no he habitado en una casa desde el día en que saqué de Egipto a los israelitas hasta hoy. He estado peregrinando de un sitio a otro en una tienda que me servía de morada. Durante todo el tiempo que he caminado con los israelitas, ¿pedí yo acaso a uno solo de los jueces de Israel, a quienes mandé pastorear a mi pueblo Israel, que me edificaran una casa de cedro? Por tanto di a mi siervo David: Así dice el Señor todopoderoso: Yo te tomé de la majada, de detrás del rebaño, para que fueras caudillo de mi pueblo, Israel. He estado contigo en todas tus campañas, he derrotado en tu presencia a todos tus enemigos; y yo haré que tu nombre sea como el de los grandes de la tierra. Asignaré un lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré en él, para que lo habite y nadie lo arroje de él, ni los malvados lo opriman como antes, como en el tiempo en que yo establecí jueces sobre mi pueblo Israel; te daré paz con todos tus enemigos. Además, el Señor te anuncia que te dará una dinastía. Cuando hayas llegado al final de tu vida y descanses con tus antepasados, mantendré después de ti un descendiente salido de tus entrañas y consolidaré su realeza. El edificará una casa en mi honor y yo mantendré para siempre su realeza. Seré para él un padre y él será para mí un hijo. Si hace el mal, yo lo castigaré con varas y con golpes como hacen los hombres. Pero no le retiraré mi favor, como se lo retiré a Saúl, a quien rechacé de mi presencia. Tu dinastía y tu realeza subsistirán para siempre ante mí, y tu trono será estable para siempre.
Natán comunicó a David estas palabras y esta visión.
He sellado una alianza con mi elegido,
he jurado a mi siervo David:
«Afirmaré tu descendencia para siempre,
consolidaré tu trono por todas las edades».
El me dirá: Tú eres mi padre,
mi Dios, la roca que me salva».
Y yo lo constituiré primogénito mío,
el más grande entre los reyes de la tierra.
Mi amor hacia él será eterno, y mi alianza con él, firme;
haré eterna su descendencia, y su trono durará como el cielo.
De nuevo se puso a enseñar a orillas del lago. Acudió a él tanta gente, que tuvo que subir a una barca que había en el lago y se sentó en ella, mientras toda la gente permanecía en tierra, a la orilla del lago. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas.
Les decía enseñándoles:
-¡Escuchen! Salió el sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, parte de la semilla cayó al borde del camino. Vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra; brotó en seguida, porque la tierra era poco profunda, pero, en cuanto salió el sol se marchitó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre la maleza, y cuando la maleza creció, asfixió la semilla que no dio fruto. Otra parte cayó en tierra buena y creció, se desarrolló y dio fruto: el treinta, el sesenta, y hasta el ciento por uno.
Y añadió:
-¡Quien tenga oídos para oír, que oiga!
Cuando quedó a solas, los que estaban a su alrededor junto con los Doce le preguntaron sobre las parábolas.
Jesús les dijo:
-A ustedes Dios les ha confiado el misterio de su reino, pero a los de fuera todo les resulta enigmático, de modo que:
por más que miran, no ven,
y, por más que oyen, no entienden;
a no ser que se conviertan
y Dios los perdone.
Y añadió:
-¿No entienden esta parábola? ¿Cómo van a comprender entonces todas las demás? El sembrador siembra el mensaje. La semilla sembrada al borde del camino se parece a aquellos en quienes se siembra el mensaje, pero en cuanto lo oyen viene Satanás y les quita el mensaje sembrado en ellos. Lo sembrado en terreno pedregoso se parece a aquellos que, al oír el mensaje, lo reciben en seguida con alegría, pero no tienen raíz en sí mismos; son inconstantes y al llegar el sufrimiento o la persecución a causa del mensaje sucumben. Otros se parecen a lo sembrado entre la maleza. Son esos que oyen el mensaje, pero las preocupaciones del mundo, la seducción del dinero y la codicia de todo lo demás los invaden, ahogan el mensaje y éste queda sin fruto. Lo sembrado en la tierra buena se parece a aquellos que oyen el mensaje, lo reciben y dan fruto: uno treinta, otro sesenta y otro cien.
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