Lectura
del día: 22 de Septiembre de 2025
El año primero de Ciro, rey de Persia, para que se cumpliera la palabra del Señor anunciada por Jeremías, despertó el Señor el espíritu de Ciro que en todo su reino hizo proclamar de palabra y por escrito el siguiente edicto:
Habla Ciro, rey de Persia: El Señor, Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encomendado construirle un templo en Jerusalén, que está en la región de Judá. El que de vosotros pertenezca a ese pueblo, que su Dios lo acompañe y suba a Jerusalén, que está en la región de Judá, a reconstruir el templo del Señor, Dios de Israel. Y a los que pertenezcan a ese pueblo, vivan donde vivan, ayúdenles sus convecinos con plata, oro, bienes, ganado y otros donativos voluntarios para el templo de Dios que está en Jerusalén.
Los jefes de familia de Judá y Benjamín, los sacerdotes y levitas, todos aquellos cuyo espíritu había despertado Dios, se dispusieron a subir a Jerusalén para reconstruir el templo del Señor. Todos sus convecinos les dieron plata, oro, bienes, ganado, objetos preciosos y otros donativos voluntarios.
Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía un sueño:
la boca se nos llenaba de risas, la lengua de canciones.
Los paganos decían: «El Señor ha hecho grandes cosas por ellos».
El Señor ha hecho grandes cosas por nosotros, y estamos alegres.
¡Cambia, Señor, nuestra suerte
como cambian los torrentes del Négueb!
Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre canciones.
Aunque iban llorando al llevar la semilla,
vuelven contentos, trayendo las gavillas.
Nadie enciende una lámpara y la tapa con una vasija o la oculta debajo de la cama, sino que la pone en un candelero para que los que entren vean la luz. Porque nada hay oculto que no haya de descubrirse, ni secreto que no haya de saberse y ponerse al descubierto. Prestad atención a cómo escucháis: al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará incluso lo que cree tener.
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